miércoles, 13 de enero de 2016

Alma abyecta

Una vez conseguida la copa, retrocedí, dos o tres pasos, no lo recuerdo, pero sé que fue el momento más ralentizado de toda mi existencia. Entonces pude, pude comprobar con efusividad en mis brillantes ojos ebrios la sangrienta tardanza del espíritu de los Infiernos en mi, aún intacta, vida miserable.

Vacía, la copa, la maldita copa que acababa de tener entre mis sucias manos, era ahora solo una sombra de mi propia muerte. No la necesité, no la necesitaré jamás. Esperando quemarme la garganta y que ésta ardiese en silencio, no sentí absolutamente... nada. Sentía fuego mudo correr por mi estómago lentamente, rápidamente, gimiendo en silencio, en su calor, en su tristeza que permanecía intocable por ninguna persona real. 
No pude hacer otra cosa que solo llorar.
Era una extraña sensación, derramar lagrimas y no bebida, sientes algo parecido a cuando recubres una herida con mentiras caducadas y grises.

Enciendes la vela porque está detrás de ti, la enciendes y todo cuanto podías imaginar desaparece. Eso, esto es todo y todo es la muerte, es no recordar, es no sufrir, es no notar, no curar nada, excepto al diablo que está detrás de tu persona.
No estaba delirando solo temblando.
Necesito alguien que descifre esta maldita historia.

No necesito que me cuiden.
Lo juro, juro que quiero sola, puedo sola.
No necesito que me cuiden.
Ya basta.

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