jueves, 27 de octubre de 2016

Gitana Impura

Bailaba descalza en el fango, manchando sus sueños de barro y su piel de dolor. Se alejaba de aquellas que habían de ser sus ideas, soñando con pertenecer a un mundo salvaje y libre donde poder hundir suavemente su cuerpo. Estaba sola, sola para siempre. Toda su cultura y su vida se perdía por fin entre las sombras de sus recuerdos.

Le habían arrebatado la infancia, anestesiando todo lo que le habían inculcado. Se encontraba entre un presente mojado y un futuro incierto, un futuro manchado por el rastro imborrable de ese pasado que la había repudiado, por esa raza que la había condenado a elegir entre familia y libertad.

Pero con la cabeza alta y los ojos verdes, se despojó de aquellos aros dorados que parecían ser parte ya de su cuerpo, y, arrodillada, gritó al cielo blasfemando las creencias que desde niña le habían obligado a seguir.

Sintiéndose plena en su nuevo mundo, caminó hacia todo aquello que le habían prohibido durante tanto tiempo, pensándose libre, creyéndose eterna.

Y el mundo le cerró sus puertas, mirándola con ojos ardientes que entristecían su esperanza, susurrando a sus espaldas murmullos que desgarraban sus oídos.

Fue entonces cuando estuvo realmente en una cárcel, en la que había casi menos espacio que en la anterior, y vivió sofocada el resto de sus días, quedando en un punto muerto entre aquel lugar al que no podía volver, y aquel en el que nunca la aceptarían.

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